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Reseña “Las ranas también se enamoran” de Megan Maxwell

Hay libros que uno abre pensando en pasar un rato entretenido… y termina cerrándolos con una sonrisa tonta y la sensación de haber convivido unos días con personajes reales. Eso me ha pasado con Las ranas también se enamoran. Porque sí, Megan Maxwell vuelve a hacer exactamente eso que tan bien se le da: convertir una comedia romántica en un refugio donde el humor, las pullas y los sentimientos terminan mezclándose sin que te des cuenta.

Marta entra en escena derrapando. Literal y emocionalmente. Es motera, madre soltera, tiene un carácter que podría desmontar un edificio y una lengua afilada que no deja títere con cabeza. Trabaja en el taller de Lola Herrera rodeada de telas, volantes y amistades que saben a familia de verdad. Y quizá eso sea lo mejor del libro: la sensación constante de hogar, de gente imperfecta que se quiere aunque se grite.

Luego aparece Philip. Inglés, estirado, elegante hasta para respirar y con esa actitud de hombre que cree tenerlo todo bajo control. El choque con Marta es inevitable. Y maravilloso.

La química entre ambos no nace desde la dulzura, sino desde el choque frontal. Discuten, se provocan, se sacan de quicio… y precisamente ahí está la gracia. Megan Maxwell entiende muy bien algo que muchas novelas románticas olvidan: las conversaciones también pueden tener tensión sexual. Y aquí los diálogos vuelan. Hay réplicas con mala leche, escenas divertidísimas y momentos en los que uno siente que los protagonistas están a un insulto de besarse o a un beso de matarse.

Pero debajo del humor hay algo más. Marta no es solo la típica protagonista fuerte porque toca. Es una mujer que ha tenido que sobrevivir, sacar adelante a su hija y aprender a desconfiar. Y eso le da peso emocional a la historia. Cuando baja las defensas, el libro gana muchísimo.

También ayuda que los secundarios funcionen tan bien. Adrián, Patricia, Lola… todos aportan vida a la novela. No están ahí para rellenar páginas; forman parte del alma del libro. De hecho, muchas veces uno sigue leyendo no solo por la historia de amor, sino por el placer de volver a encontrarse con ese grupo.

¿Es predecible en algunos momentos? Claro. Pero sinceramente, da igual. Hay novelas que uno lee para sorprenderse y otras que lee para sentirse bien. Esta pertenece al segundo grupo. Tiene ritmo, tiene chispa y tiene esa capacidad tan difícil de conseguir: hacer que desconectes del mundo durante unas horas.

Además, la narración tiene algo muy propio de Megan Maxwell: no pretende ser solemne. Se ríe, exagera, juega, provoca. Y cuando quiere emocionar, lo hace sin pedir permiso. Por eso sus historias funcionan tan bien para tantísimos lectores.

Las ranas también se enamoran no reinventa la comedia romántica, pero tampoco lo necesita. Lo que hace es recordarte por qué este tipo de novelas siguen enganchando tanto cuando están bien contadas.

Ideal para quien busque una lectura fresca, divertida, romántica y con personajes que parecen entrar en tu salón dando voces.

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