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Reseña “Engaño” de Adanía Shibili

Imagínate tener que esconder el lugar del que vienes para que nadie decida quién eres antes de conocerte.

Esa sensación atraviesa Toda la noche, de Adania Shibli, y es probablemente lo que más se me ha quedado después de cerrar el libro. No porque Shibli la explique constantemente, sino porque consigue que la sientas en los pequeños detalles: en la identidad que se oculta, en el miedo a ser reconocido, en esa extraña sensación de ser extranjero en una tierra que, de alguna manera, también es tuya. Y Shibli no necesita montar una novela llena de ruido para conseguirlo. Al contrario.

Su escritura es contenida, pausada, casi hipnótica. Te obliga a bajar el ritmo. A mirar. A prestar atención a cosas que normalmente pasarían desapercibidas. Los árboles. Las plantas. Los cambios de estación. Los animales. Los olores.

La naturaleza tiene aquí una presencia enorme. Mientras las personas cargan con sus conflictos, sus fronteras y sus problemas de identidad, el paisaje continúa existiendo con una especie de indiferencia hermosa. Las estaciones pasan. La tierra permanece. Y esa diferencia entre lo que cambia fuera y lo que parece detenido dentro de los personajes me ha parecido una de las cosas más interesantes de la novela.

Porque el tiempo, en Shibli, casi parece haberse quedado parado. Y eso encaja perfectamente con una historia atravesada por un conflicto que lleva demasiado tiempo formando parte de la vida de quienes lo habitan.

Lo que más me gusta de su manera de escribir es que no intenta darte una explicación sencilla. No te dice dónde colocarte ni te señala con el dedo qué deberías sentir. Te deja dentro de la escena y confía en que tú hagas el resto.

Por momentos incluso he tenido la sensación de estar leyendo más allá de las palabras. De que una frase estaba hablando de una cosa mientras debajo hablaba de otra. De identidad. De pertenencia. De miedo. De desarraigo.

De lo que significa tener que esconder una parte de ti para poder vivir con cierta normalidad.

Y quizá por eso la novela me ha dejado una sensación tan difícil de quitarme de encima. No es una lectura que termine cuando llegas a la última página. Hay algo que continúa dando vueltas. Una sombra. Una incomodidad. Una especie de silencio.

Me gusta cuando una novela consigue eso sin necesidad de gritar. Cuando no necesita explicarte que lo que acaba de contarte es importante porque tú ya lo has sentido.

Toda la noche me ha parecido precisamente eso: una novela que habla bajito sobre cosas que pesan muchísimo. Y cuando la terminé, me quedé con esa sensación tan rara de haber leído algo luminoso y oscuro al mismo tiempo. Como si durante un rato hubiese visto la tierra, los árboles, los animales y a las personas con otros ojos.

Y no hubiese sido capaz de volver a mirarlos exactamente igual.

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