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El PROT: después de rogar a las Anjanas, despertamos al Ojáncano

27 de enero de 2026
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Los ecologistas cántabros llevamos décadas suspirando por tener un PROT. Lo hemos reclamado en tribunas, en juzgados y en el Parlamento. Se lo hemos pedido a Europa, al Defensor del Pueblo, a San Emeterio y a San Celedonio, a la Bien Aparecida y a la Virgen Grande; al genio de la lámpara y también a Revilla. Se lo imploramos a Gorostiaga, rogamos a las Anjanas y suplicamos a los Trentis… Pero el PROT nunca llegaba.

Hicimos bandera de un acrónimo, por raro que pareciera, porque sin él veíamos a nuestra diosa Cantabria crecer a base de excepciones, improvisaciones y continuas agresiones. Hemos peleado, vaya si hemos peleado, y lo hicimos porque cada idea feliz de cacique local que copaba las portadas de los periódicos hacía un poco menos grande a nuestra Cantabria finita. Nos hemos dejado la piel. Y lo hemos hecho muchas veces ante la mirada perpleja de una parte de la sociedad, que murmuraba entre la incredulidad y el cansancio: “¿PROT? ¿Pero estos qué coño piden ahora?”

El Plan de Ordenación del Territorio no es algo que genere debates en la barra del bar. No hay influencers haciendo directos sobre las bondades de un modelo territorial equilibrado ni hilos virales explicando por qué es importante ordenar el suelo. Pero el PROT es música celestial para quienes vivimos y morimos por esta tierra, para quienes creemos que equilibrio y sostenibilidad no son palabras huecas, sino las claves que permiten que Cantabria siga siendo habitable, justa y reconocible para quienes vienen detrás.

Ordenar el territorio es planificar colectivamente qué modelo de desarrollo queremos, establecer prioridades y acordar reglas para crecer sin hipotecar nuestros recursos naturales y sociales; es fijar las líneas maestras que orientan el futuro de una comunidad y marcan los límites entre el progreso y la destrucción. Ordenar es poner límite a la improvisación.

En Cantabria seguimos sin tener el territorio ordenado, a pesar de que nuestras propias leyes llevan más de 25 años diciendo que debería estarlo. No lo está porque la improvisación ha sido el leitmotiv de la política cántabra desde el comienzo de los tiempos: decisiones a corto plazo, excepciones convertidas en norma y un territorio gestionado a golpe de ocurrencia.

Pero a veces los sueños, cuando se cumplen, se transforman en pesadillas. Y ahora que por fin parece que llega el tan anhelado PROT, temblamos. Porque en este presente distópico que nos ha tocado vivir, el encargo de ordenar el territorio recae precisamente en el cacique mayor, en quien ha hecho de la desregulación, la ocurrencia y el crecimiento sin límites su seña de identidad política.

Años rogando a las Anjanas y quien despierta es el Ojáncano. Porque ordenar también es decir no, poner límites y asumir que no todo cabe en un territorio finito. Y hoy quien debe fijar esos límites es precisamente quien nunca ha creído en ellos: el mismo que quiere atravesar la cordillera con una carretera turística, el que ha liberalizado el suelo sembrando nuestras mieses de anarquía y el que plantea meter 190.000 domingueros en Castro Valnera, como si un espacio de altísimo valor ecológico no fuera más que un parque temático salpicado de lobos de peluche.

No queremos un PROT así. No este PROT. Nunca este PROT. No necesitamos haberlo leído para intuir que será poco más que la cobertura legal del disparate máximo. Un plan anunciado a brochazos por el consejero, con cuatro pinceladas gruesas que ya bastaron para ponernos los pelos de punta porque dejaban claro que no venía a ordenar el territorio, sino a justificar lo que nunca debió plantearse.

Durante décadas pedimos un PROT para proteger Cantabria del desorden, de la improvisación y del abuso. Hoy, cuando por fin parece llegar, no celebramos: desconfiamos. Porque un plan nacido sin humildad, sin límites y sin respeto al territorio no es una solución, es una amenaza.

Cantabria no necesita un PROT por ocurrencia, ni por decreto. Necesita un plan hecho con ciencia, con participación, con amor a la tierra y con objetivos de progreso. Un plan que escuche más al monte que al despacho, más al Trenti que al Ojáncano

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