...

Reseña “La muerte de la autora” de Nnedi Okorafor

Hubo un tiempo en que la ciencia ficción escrita desde África —o desde la experiencia africana— parecía obligada a justificarse ante el lector occidental. Como si el futuro solo pudiera imaginarse desde Silicon Valley o desde una nave espacial diseñada por blancos anglosajones. Nnedi Okorafor lleva años dinamitando esa idea. Y en La muerte de la autora lo hace además desde un lugar especialmente incómodo: el de una escritora que observa cómo su obra deja de pertenecerle.

Okorafor, nacida en Estados Unidos en el seno de una familia nigeriana, nunca ha encajado del todo en la etiqueta de “afrofuturista”, aunque muchas veces se la coloque ahí por comodidad. Ella misma prefiere hablar de africanfuturism, una corriente que desplaza el centro de gravedad hacia África y sus propias tradiciones culturales, sin necesidad de pasar por el filtro de la experiencia afroamericana. La diferencia parece sutil, pero cambia por completo la perspectiva. No se trata únicamente de añadir personajes negros a la ciencia ficción de siempre, sino de imaginar otros futuros posibles desde cosmologías, lenguas y conflictos distintos.

En La muerte de la autora esa idea atraviesa toda la novela. La protagonista es Zelu Onyenezi-Onyedele, una escritora nigeriano-estadounidense que acaba de perder su trabajo y atraviesa una crisis personal y creativa. Tiene una relación complicada con su familia, arrastra una sensación constante de incomodidad con el mundo y vive bajo el peso de expectativas ajenas que nunca terminan de desaparecer. En medio de ese derrumbe escribe Robots herrumbrados, una novela de ciencia ficción que acaba convirtiéndose en un fenómeno mundial.

A partir de ahí, Okorafor construye un juego de espejos bastante más ambicioso de lo que parece en un primer momento. Porque La muerte de la autora contiene otra novela dentro de sí misma: la historia de esos robots que heredan la Tierra tras la desaparición de los humanos. Y lo interesante es cómo ambos relatos empiezan a contaminarse. Mientras Zelu lidia con la fama, la presión pública y la sensación de haber perdido el control sobre su propia obra, los fragmentos de Robots herrumbrados plantean preguntas sobre identidad, conciencia y memoria. No como un ejercicio frío de ciencia ficción dura, sino como una prolongación emocional de la vida de la protagonista.

El título remite inevitablemente al célebre ensayo de Roland Barthes, pero Okorafor no convierte la novela en una tesis universitaria disfrazada de ficción. Lo que hace es algo bastante más inteligente: mostrar cómo una obra acaba devorando a quien la crea. El éxito transforma a Zelu en personaje público, las redes sociales reinterpretan constantemente su novela y la autora pierde poco a poco la capacidad de decidir qué significa realmente aquello que escribió. En un momento en el que la inteligencia artificial, los algoritmos y la cultura viral amenazan con convertir cualquier creación en contenido infinitamente reciclable, la idea resulta bastante más inquietante de lo que parece.

También hay algo muy interesante en la manera en que Okorafor trabaja la familia. La novela dedica mucho espacio a las relaciones entre hermanos, padres e hijos, a las expectativas culturales y a la forma en que ciertas comunidades convierten el éxito en una obligación colectiva. La discapacidad de Zelu —usa silla de ruedas desde joven— nunca se convierte en un recurso sentimental fácil, aunque sí condiciona cómo la miran los demás y cómo ella se relaciona con el mundo. Ahí la autora evita muchos lugares comunes y consigue que los personajes respiren de verdad, incluso cuando la novela se vuelve más especulativa.

Formalmente, La muerte de la autora tiene bastante más complejidad de la que aparenta su prosa directa. Okorafor alterna entrevistas, fragmentos de ficción, escenas familiares y reflexiones sobre literatura, tecnología o fama sin que el libro termine desmoronándose. A veces el ritmo se resiente, sobre todo en la parte central, donde algunas ideas se alargan más de la cuenta. Pero incluso ahí sigue existiendo la sensación de estar ante una novela viva, incómoda y profundamente personal.

Lo mejor probablemente sea cómo evita ofrecer respuestas sencillas. No hay discursos grandilocuentes sobre el futuro de la humanidad ni moralejas tranquilizadoras sobre la tecnología. Lo que aparece es algo más ambiguo: la sospecha de que las historias ya no pertenecen del todo a quienes las escriben y de que la identidad, igual que la literatura, es un territorio siempre inestable.

Okorafor lleva tiempo siendo una de las voces más singulares de la ciencia ficción contemporánea, pero aquí da un paso más allá. La muerte de la autora no busca parecer importante: simplemente lo es. Y aunque no siempre resulte una lectura cómoda, deja esa sensación rara de haber leído una novela que discute contigo incluso después de cerrarla.

COMPARTIR EN REDES

ÚLTIMAS RESEÑAS