Keeping 13, segunda entrega de Chicos de Tommen, continúa directamente la historia de Shannon Lynch y Johnny Kavanagh y llega en una edición especial de tapa dura que encaja visualmente con la de Binding 13: cantos tintados en negro, lomo negro y una portada completamente cubierta por un llamativo efecto arcoíris brillante. Una presentación especialmente cuidada para una novela que, por lo que deja claro la reacción de sus lectores, no se conforma con continuar una historia de amor, sino que lleva mucho más lejos todo lo construido en su primera parte.
Si Binding 13 era, en buena medida, el descubrimiento de dos personas que empiezan a convertirse en algo importante la una para la otra, Keeping 13 se mete de lleno en las consecuencias de ese vínculo. Shannon y Johnny ya no están en ese terreno de las primeras miradas, las dudas y el descubrimiento mutuo. Ahora toca enfrentarse a todo aquello que arrastran, a sus propias inseguridades y, sobre todo, a las circunstancias que amenazan con romper una relación que todavía está intentando encontrar su lugar.
Una de las cosas que más se repite entre los lectores es precisamente la sensación de que esta novela duele. Y no parece hacerlo únicamente porque sucedan acontecimientos especialmente duros, sino porque Chloe Walsh ha conseguido que sus personajes hayan dejado de sentirse como simples protagonistas de una historia romántica. Shannon, Johnny, Joey, Gibsie, Claire y el resto del grupo han ido construyendo una especie de pequeña familia alrededor de la que resulta muy fácil implicarse emocionalmente. Cuando uno de ellos sufre, la historia consigue que importe; cuando alguno encuentra un momento de felicidad, también se siente como algo ganado después de todo lo anterior.
Shannon tiene quizá uno de los recorridos más importantes de la novela. Después de todo lo que ha vivido, verla recuperar poco a poco su voz, su confianza y su capacidad para tomar decisiones resulta mucho más interesante que cualquier giro romántico. Su relación con Johnny no funciona simplemente porque él aparezca para solucionar sus problemas. Lo que hace que funcione es precisamente la confianza que van construyendo y la manera en que ella empieza a comprender que puede apoyarse en alguien sin dejar de ser ella misma. Su evolución no borra lo ocurrido anteriormente ni convierte el sufrimiento en un recurso pasajero de la trama, y ahí está buena parte de la fuerza emocional del personaje.
Johnny, por su parte, termina de demostrar por qué se ha convertido en uno de los personajes más queridos de la serie. El rugby sigue teniendo una presencia importante, pero el Johnny que encontramos aquí no se define únicamente por ser el chico popular, el deportista brillante o el interés romántico de Shannon. Sus decisiones, sus dudas y la manera en que permanece a su lado cuando las cosas se complican hacen que su relación adquiera otra dimensión. Lo interesante es que la historia no necesita convertirlo en alguien perfecto para que funcione: también se equivoca, también tiene miedo y también tiene que aprender.
Y luego está todo lo que sucede alrededor. Gibsie continúa siendo uno de esos personajes capaces de romper la tensión cuando más falta hace, pero su presencia tiene también otra función: recuerda que Chicos de Tommen nunca ha sido únicamente la historia de Shannon y Johnny. Las amistades, los hermanos, los padres y las relaciones que se forman entre ellos tienen un peso enorme. El vínculo entre los personajes secundarios consigue que el mundo de Tommen se sienta mucho más amplio y, al mismo tiempo, más íntimo. Especialmente cuando la historia empieza a golpear con fuerza, esa sensación de familia encontrada se convierte en uno de sus mayores atractivos.
La longitud de Keeping 13 puede imponer bastante de entrada, pero una de las constantes en las opiniones de los lectores es precisamente que el número de páginas termina importando poco. Walsh dedica mucho espacio a las conversaciones, a los pequeños gestos y a situaciones que podrían haberse resuelto en unas pocas líneas, pero que aquí se desarrollan completamente. Para algunos lectores esto puede provocar cierta sensación de repetición, especialmente en la primera mitad y en determinados conflictos entre Shannon y Johnny. Para otros, esa insistencia es precisamente lo que permite comprender hasta qué punto la relación se construye poco a poco y no mediante un cambio repentino.
También es una novela que sabe alternar registros con bastante facilidad. Puede pasar de una escena capaz de arrancar una carcajada gracias a Gibsie a otra mucho más dolorosa sin que el grupo de personajes pierda su identidad. Esa mezcla de humor, romance, drama familiar, deporte y situaciones bastante más oscuras es probablemente una de las razones por las que tantos lectores hablan de una experiencia emocional antes que de una simple novela romántica.
Y si hay algo que parece especialmente difícil después de terminar Keeping 13, es despedirse de Shannon y Johnny. Su historia ocupa el centro de estas dos primeras novelas, pero alrededor de ellos quedan suficientes personajes, heridas y relaciones como para entender por qué la serie puede continuar sin que su universo pierda interés. Joey, Aoife, Gibsie, Claire y los demás dejan la sensación de que todavía hay muchas historias esperando su momento.
Keeping 13 no pretende ser una novela perfecta, y probablemente tampoco necesita serlo. Su mayor virtud está en conseguir que el lector se implique hasta el punto de reírse con sus personajes, enfadarse con ellos, sufrir por ellos y terminar echándolos de menos cuando llega la última página. Chloe Walsh apuesta por una historia extensa, emocional y muy centrada en sus personajes, y para quienes hayan conectado con el universo de Tommen, el resultado parece ser exactamente el tipo de lectura que cuesta soltar y todavía más cuesta terminar.