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Reseña «Los infinitos» de John Banville

Un hombre yace en una cama, atrapado en un cuerpo que ya no responde, mientras a su alrededor se reúne una familia que tiene demasiadas cosas pendientes como para limitarse a esperar su muerte. Hasta ahí, Los infinitos podría parecer otra novela sobre una familia enfrentada a una pérdida. Pero John Banville no parece especialmente interesado en contar las cosas de la manera más sencilla posible. En Arden, la casa familiar donde transcurre la historia, los dioses también están presentes. Observan, escuchan, desean, se divierten y, cuando les apetece, intervienen en los asuntos de los mortales.

El resultado es una novela extraña, sofisticada y deliberadamente juguetona, pero detrás de ese juego hay algo bastante más serio. Adam Godley, matemático brillante y patriarca de la familia, permanece en coma después de sufrir un derrame cerebral. Su familia se reúne alrededor de él mientras intenta enfrentarse a una situación que obliga a sacar a la superficie viejos conflictos, deseos, resentimientos y relaciones que nunca terminaron de encajar. Lo particular es que Adam sigue siendo consciente de todo lo que sucede, aunque no pueda comunicarse con quienes están a su alrededor.

Y sobre ellos sobrevuelan los dioses.

Hermes es el narrador y probablemente una de las mejores decisiones de Banville para construir esta novela. Su mirada introduce una distancia irónica respecto a los humanos, pero también una curiosidad que termina haciendo que esa supuesta superioridad divina resulte bastante relativa. Los dioses observan a los mortales como si fueran criaturas entretenidas, manipulables y, en ocasiones, ridículas, pero tampoco ellos están libres de sus propios deseos, celos, impulsos y mezquindades. Son inmortales, sí, pero Banville no los presenta como seres especialmente elevados. Quizá precisamente porque pueden vivir eternamente se permiten comportarse con una ligereza que a los humanos les está prohibida.

Ahí aparece una de las grandes virtudes de Los infinitos: la novela consigue hablar de la muerte mientras está llena de vida. El sexo, los celos, el deseo, las pequeñas humillaciones, las tensiones familiares, las ambiciones y las decisiones impulsivas conviven con la presencia constante de un hombre que se encuentra al borde de la muerte. Banville no separa lo solemne de lo ridículo. En una misma escena puede haber algo profundamente triste y, unos instantes después, algo absurdamente cómico.

La familia Godley funciona precisamente porque ninguno de sus miembros parece demasiado dispuesto a comportarse como debería. El regreso al hogar familiar, provocado por la enfermedad del padre, vuelve a colocar a todos en posiciones que creían superadas. Los hijos vuelven a ser, en cierta medida, los hijos que fueron; los viejos resentimientos reaparecen; las relaciones sentimentales se vuelven incómodas y aquello que durante años había permanecido oculto encuentra de pronto un espacio para manifestarse. La enfermedad del patriarca no une necesariamente a la familia: la obliga a mirarse.

Y mientras tanto, Hermes contempla el espectáculo.

La presencia de los dioses podría haber convertido la novela en una extravagancia difícil de sostener, pero Banville consigue integrarlos en la historia con una naturalidad sorprendente. No parece interesado en demostrar lo ingenioso que resulta mezclar mitología griega y novela familiar. Los dioses están ahí y punto. Forman parte de ese mundo ligeramente desplazado que es Arden, un lugar reconocible y extraño al mismo tiempo, donde las reglas de nuestra realidad parecen haberse relajado lo suficiente como para permitir que varias posibilidades existan simultáneamente.

Ese juego con las posibilidades conecta directamente con el título. Los infinitos no son únicamente una cuestión matemática relacionada con las investigaciones de Adam Godley. También están en esa sensación constante de que la realidad podría haber tomado otro camino, de que existen mundos posibles al otro lado de lo que conocemos y de que cada vida contiene muchas versiones que nunca llegaremos a vivir. Banville convierte una idea abstracta en una atmósfera.

Y ahí es donde la prosa adquiere todo su peso.

Los infinitos no es una novela para leer con prisa. Hay páginas en las que prácticamente no importa avanzar en la historia porque lo verdaderamente interesante está en cómo Banville observa un gesto, una habitación, un cuerpo, una sensación o un pensamiento. Su lenguaje es exuberante sin resultar ornamental por simple exhibición. Las imágenes aparecen continuamente y transforman lo cotidiano en algo ligeramente irreal, como si la realidad necesitara ser contemplada desde otro ángulo para revelar todo lo que contiene.

Por eso entiendo perfectamente que haya lectores que consideren que el argumento es casi secundario. Hay una historia y hay acontecimientos, pero Los infinitos funciona sobre todo por acumulación de miradas, voces, pensamientos y pequeños desplazamientos. Es una novela que pide detenerse. Leerla demasiado deprisa sería pasar por encima de buena parte de lo que la hace especial.

También hay algo de Shakespeare en esta mezcla de mortales y seres sobrenaturales, de deseo y confusión, de humor y melancolía. Arden tiene algo de escenario teatral en el que todos representan papeles que creen controlar mientras otros observan desde fuera. Pero Banville no utiliza ese juego para construir una simple comedia. Bajo la ligereza permanece una pregunta bastante incómoda: qué hacemos con nuestra existencia cuando sabemos que es limitada.

Los dioses no tienen ese problema. Son inmortales y, precisamente por eso, pueden contemplar la muerte humana como una peculiaridad de nuestra especie. Pero cuanto más los observamos, menos evidente resulta que la inmortalidad los haya hecho más sabios. Quizá la mortalidad sea también aquello que da peso a nuestras decisiones, que convierte un encuentro en importante y una despedida en algo irreparable.

Los infinitos es una novela sobre la muerte, pero no es una novela sombría. Es sensual, irónica, extraña y por momentos profundamente divertida. Banville juega con las convenciones, con la mitología, con las matemáticas y con la propia idea de realidad, pero nunca pierde de vista a sus personajes. Al final, detrás de los dioses, las infinitas posibilidades y los universos que se abren unos dentro de otros, lo que permanece es algo mucho más reconocible: una familia intentando entenderse cuando ya empieza a ser demasiado tarde.

Y quizá ahí esté la verdadera ironía de la novela. Los dioses pueden vivir eternamente y disponer de infinitas posibilidades, pero son los mortales quienes consiguen que cada instante importe.

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