Danilo Kiš vuelve una y otra vez al mismo lugar: allí donde la memoria empieza a fallar y la historia deja de ser una sucesión de acontecimientos para convertirse en la suma de vidas que alguien ha intentado borrar. Noche y niebla reúne cuatro de sus principales obras dramáticas y, aunque fueron escritas en momentos diferentes y presentan registros distintos, terminan formando un conjunto bastante más compacto de lo que podría parecer a primera vista.
El volumen reúne Noche y niebla (1968), El loro (1970), El baúl de madera de Thomas Wolfe (1974) y Los leones mecánicos (1980). La diferencia de tono entre ellas resulta significativa: de la melancolía a la sátira, del desgarro emocional a una ironía más contenida. Kiš no parece necesitar repetir una misma fórmula para regresar a sus preocupaciones esenciales. Cambia el tono, cambia la forma de aproximarse a ellas, pero permanece esa mirada incómoda sobre la memoria, el sufrimiento y la capacidad del ser humano para destruir aquello que después apenas podrá ser contado.
Quizá uno de los aspectos más interesantes del libro sea precisamente esa relación entre literatura y memoria. Kiš parece escribir desde la conciencia de que recordar no consiste simplemente en recuperar el pasado. Hay algo que se ha perdido por el camino y que ninguna obra puede devolver completamente. El escritor se encuentra así ante una contradicción especialmente dolorosa: quiere dar forma al sufrimiento, pero sabe que cualquier representación será necesariamente insuficiente. ¿Cómo contar el dolor de alguien sin convertirlo en una historia ordenada, comprensible y, por eso mismo, demasiado cómoda para quien la lee?
Esa pregunta atraviesa buena parte de la literatura de Kiš y adquiere aquí una dimensión particularmente intensa por el contexto histórico que rodea varias de estas piezas. Las purgas estalinistas, la maquinaria totalitaria y la violencia ejercida sobre individuos concretos aparecen no solo como grandes acontecimientos históricos, sino como fuerzas capaces de alterar para siempre la vida de personas cuya existencia puede terminar reducida a un expediente, un nombre o un recuerdo.
Los leones mecánicos, con su aproximación a las purgas estalinistas, lleva esa preocupación hacia uno de los territorios más reconocibles de Kiš: el de la historia cuando se convierte en una máquina que deja muy poco espacio para el individuo. Pero resulta interesante que el libro no se limite a ese registro. El loro introduce la sátira mordaz; Noche y niebla se mueve desde una tonalidad más amarga y melancólica; y El baúl de madera de Thomas Wolfe apuesta por un desgarro emocional que ha llevado a muchos a considerarla su pieza teatral más lograda. Las cuatro obras permiten, por tanto, observar diferentes maneras de enfrentarse a unas preocupaciones que permanecen constantes.
También hay algo especialmente atractivo en acercarse a Kiš a través del teatro. Estamos ante un autor cuya obra narrativa está profundamente vinculada a la reconstrucción, la memoria y la ficción, y estas piezas trasladan esas inquietudes a un espacio en el que la palabra adquiere otra dimensión. El sufrimiento ya no pertenece únicamente a quien escribe sobre él: necesita ser puesto en escena, enfrentado a otros personajes, a otros discursos y, finalmente, a la mirada del espectador. Esa distancia puede resultar incómoda, pero también revela una de las grandes dificultades que plantea Kiš: quizá acercarse al dolor histórico implique aceptar que nunca podremos poseerlo completamente.
Noche y niebla no es, por tanto, un libro que necesite ser leído únicamente como una colección de textos teatrales. Su interés está también en comprobar cómo una misma preocupación puede adoptar formas muy distintas sin perder su identidad. La melancolía, la ironía, la sátira y el desgarro funcionan aquí como diferentes maneras de mirar hacia un siglo marcado por la violencia política y por la fragilidad de quienes quedaron atrapados dentro de ella.
Kiš no ofrece una memoria tranquilizadora ni convierte el pasado en una lección perfectamente ordenada. Más bien deja al lector frente a aquello que la literatura puede intentar recuperar y aquello que, pese a todos sus esfuerzos, seguirá siendo imposible de reconstruir del todo. Y quizá ahí esté una de las razones por las que estas cuatro piezas siguen teniendo sentido juntas: porque hablan del pasado, pero también de nuestra necesidad de encontrar palabras para aquello que nunca podrá ser explicado por completo.