En algunos escaparates de Castro Urdiales se vendía “aroma”. O eso decía la etiqueta. Cogollos, resinas y derivados de cannabis cuidadosamente expuestos como si fueran ambientadores de lujo o delicadas piezas ornamentales. El problema es que el perfume tenía demasiado THC y el adorno, curiosamente, se parecía mucho a la droga de toda la vida.
La Guardia Civil ha intervenido más de 5,5 kilos de sustancias derivadas de la marihuana preparados para su venta en tres locales del municipio dedicados oficialmente a productos relacionados con el cannabidiol.
Cuatro hombres de entre 29 y 41 años, vecinos de Castro Urdiales, Getxo y Santurtzi, han quedado investigados por un presunto delito contra la salud pública.
La operación arrancó a comienzos de marzo, cuando los agentes realizaron varias inspecciones en estos establecimientos. Lo que encontraron no era precisamente incienso ni popurrí vegetal para perfumar el salón.
Según comprobaron, en los locales se vendían cogollos y derivados de cannabis con niveles de THC por encima de los límites permitidos, algo que la ley considera estupefaciente sin demasiadas discusiones semánticas.
Decoración muy sospechosa
La fórmula era sencilla: presentar la mercancía como producto aromático u ornamental. Una estrategia comercial tan imaginativa como poco convincente para cualquiera que haya visto un cogollo de marihuana fuera de un catálogo de decoración.
Los agentes localizaron la mercancía repartida entre tres establecimientos: cogollos, resina y hachís listos para su venta, con un peso total superior a los cinco kilos y medio. No exactamente un ambientador doméstico.
Las actuaciones han sido llevadas a cabo por efectivos del Puesto Principal de la Guardia Civil de Castro Urdiales, con apoyo de especialistas en materia fiscal del propio cuerpo.
El viejo truco del disfraz
El cannabidiol se ha convertido en los últimos años en un negocio legal… siempre que se respeten ciertos límites. Pero cuando el contenido de THC supera lo permitido, el “producto aromático” deja de ser decoración y pasa a ser droga.
Y ahí se acaba el perfume y empieza el expediente penal. Porque por mucho que se cambie la etiqueta, un cogollo sigue siendo un cogollo, aunque lo vendan como si fuera un jarrón con aroma natural.

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