Exposición “La escalera” en Camargo
Exposición “La escalera” en Camargo
¿DE QUÉ TRATA “Exposición “La escalera” en Camargo”?
Esta muestra está estructurada a partir de un ícono muy singular: la escalera, un símbolo que asociamos a medio de ascensión, elevación, traslado hacia las alturas, progreso, cielo, orden superior; aunque también, por sus peldaños podemos descender hacia el subsuelo, hacia los niveles inferiores.
La escalera nos conecta con lo exotérico y con lo esotérico. En tanto símbolo cultural, atraviesa la historia del arte en una multiplicidad de representaciones y lecturas para conformar un cuerpo plural en el que se inscriben ideas, sistemas filosóficos, signos, dando lugar a un universo iconográfico muy diverso.
Sandro Botticelli, en Mapa del infierno (Prerrenacimiento), ilustra el Infierno de Dante Alighieri (Medioevo) en forma de pirámide invertida, atendiendo a la descripción del poeta en La Divina Comedia.
Los egipcios habían utilizado la pirámide (analogía de la escalera) para conservar los cuerpos de los faraones, para que sirviera de conexión con lo espiritual, una rampa para subir al cielo.
En El Libro de los Muertos se dice, «Está ya colocada mi escalera para ver a los dioses». Para esa cultura los escalones eran nueve, el triple ternario; como también son nueve los círculos concéntricos del Infierno de Dante. Hay pirámides egipcias con escalones exteriores, como igualmente las hubo en la América precolombina.
El británico William Blake, en Jacob’s Dream (Romanticismo, 1805) representa la escalera de Jacob (Antiguo Testamento, Génesis 28: 10-12) y el holandés Maurits Cornelis Escher, hace de la escalera un símbolo central de su obra, como se puede ver en Ascending and Descending (1960), Waterfall (1961), Belvedere (1958), Cycle (1938), y esa perturbadora construcción que es Relativity (1953).
A estas alturas de la posmodernidad, el artista, en sus obras, superpone signos, códigos, ideas, lenguajes, conceptos, procedentes de esa compleja diversidad anotada antes, como se puede ver en esta muestra, donde la representación de la escalera toma múltiples referencias para expresarse. Así lo apreciamos en las piezas de Emilia S. Echezarra.
La artista combina signos arquitectónicos, geométricos, gráficos, con figuras icónicas de la filosofía, las ciencias y las artes, en torno a un personaje central, femenino, que se mueve bajo diferentes formas, en el espacio de la composición, en una escala de colores donde predomina el azul (el cielo, el mar: lo elevado y lo profundo). Los títulos de las piezas señalan la intención filosófica que las guía: el tiempo, la duda, los enigmas, el deseo de eternidad.
El punto de vista del espectador tiene que afinarse para observar en perspectiva el abigarrado universo antropomorfo (hombre-pájaro, hombre-pez, hombre-elefante) que puebla las obras de Felipe Alarcón, esa variedad de elementos que, como piezas de puzle, es un modelo para armar, e incita a escalar y desescalar su catedral de signos, tablero de ajedrez, juego de barajas, carta náutica para navegar en muchas direcciones, hacia lo alto o hacia lo bajo, porque «lo alto tiene por fundamento lo bajo», según el Tao.
La escalera de Pablo Quert, en Horizontes, por ejemplo, es un objeto disfuncional, inoperante, generador de incertidumbre, un simulacro de puente entre un plano inferior y uno superior, en el que los hombres caminan sin rumbo, buscando un horizonte vago, impreciso.
Desde ese plano de arriba la conexión se pierde, se difumina; solo queda escapar y encontrar un sitio seguro; pero, ¿dónde se encuentra?, ¿hacia qué dirección tomar? No hay certeza de nada, mas hay que decidirse, antes que todo se derrumbe.
Las escaleras inscriptas en las telas de Juan Antonio Martínez Tendero están descompuestas en peldaños desgastados por el tiempo, como códices muy antiguos que esconden un lenguaje críptico, a semejanza de los criptogramas sumerios, o la escritura jeroglífica de los egipcios; pero también son tablillas de ventanas, o barrotes de puertas, o árboles de un bosque, detrás (o a través) de los cuales están los objetos que debemos descubrir, un mundo nebuloso y enigmático donde adentrarnos.
Rolando Paciel nos ofrece estructuras laberínticas, rotas, como autopistas que se entrecruzan y expanden en todas las direcciones; en las que la circulación es imposible; la vista aérea de una ciudad quebrada, destruida, lo que queda después de una batalla feroz por «el progreso»; senderos espinados por los que nunca más se podrá volver a transitar, un camino hacia ninguna parte; los árboles calcinados de un bosque inexistente, el fracaso de una civilización empeña en ascender a toda costa.
Las piezas de Ángel Alonso, construidas a partir de una idea (La fe, la codicia, el salto, el ascenso, la caída), tienen un marcado acento antropológico. Alrededor de un personaje (el Hombre) se teje un discurso, discurre una trama de raíz ontológica.
El artista ensaya una parodia del comportamiento humano, y nos señala que toda búsqueda de sentido, todo intento de ascender, conlleva el riesgo de pisar en falso y precipitarse. Por su narratividad, estas obras pueden ser montadas en sucesión, como una tira gráfica, a la manera de los cómics.
¡Disfruta de los “Exposición “La escalera” en Camargo”!
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