A los veintidós años uno debería estar intentando entender qué demonios quiere hacer con su vida, no escribiendo una novela como Lázár.
Y quizá lo más desconcertante de todo es que, mientras la lees, se te olvida por completo que detrás de esas páginas hay un autor tan joven, porque la sensación que deja Biedermann es la de estar leyendo a alguien que lleva toda una vida sentado frente a una biblioteca, observando cómo se comportan los seres humanos cuando el mundo que conocían empieza a desmoronarse.
Lázár cuenta la historia de una familia de la aristocracia húngara a lo largo del siglo XX, desde su aislamiento en un castillo en medio del bosque hasta la pérdida progresiva de aquello que parecía inamovible: el estatus, las propiedades, el hogar, las certezas y, en último término, la propia idea de quiénes son. Por el camino pasan la caída del Imperio austrohúngaro, las guerras, las revoluciones y los grandes cambios políticos de Europa, pero lo verdaderamente interesante no está en la Historia con mayúsculas, sino en cómo esa Historia se mete dentro de las personas y empieza a deformarlas.
Porque aquí nadie sale limpio. Ni siquiera quienes creen estar haciendo lo correcto.
Eso es algo que me ha gustado especialmente de Biedermann, que no convierte a sus personajes en piezas fáciles de colocar en el lado de los buenos o en el de los malos, sino que se toma el tiempo necesario para enseñar sus contradicciones, sus silencios, sus deseos y, sobre todo, las cosas que prefieren no mirar demasiado de cerca.
Lajos, por ejemplo, es de esos personajes que empiezan a acompañarte casi sin que te des cuenta y terminan dejando una huella bastante más incómoda de la que esperabas, porque detrás del hombre que cumple con su deber aparece también alguien enfrentado a una culpa que no consigue quitarse de encima, y esa distancia entre lo que hacemos, lo que creemos ser y aquello que sabemos que hemos hecho me parece uno de los grandes temas que atraviesan la novela.
Pero Lázár funciona también cuando se aleja de sus personajes principales y se detiene en alguien que podría parecer secundario, porque Biedermann tiene esa rara capacidad de colocar un detalle aparentemente pequeño en el lugar exacto y hacer que, varias páginas después, entiendas que no estaba ahí por casualidad.
Eso requiere oficio. Mucho oficio. Y es precisamente lo que más sorprende de esta novela. La escritura.
No porque sea una exhibición constante de frases bonitas, sino porque parece saber exactamente cuándo tiene que explicarte algo y cuándo debe dejarte solo delante de una escena para que seas tú quien termine de construirla, y esa confianza en el lector, especialmente en una novela de estas dimensiones, se agradece muchísimo.
Eso sí, Lázár no es un libro para leer con el móvil al lado, levantando la cabeza cada cinco minutos para mirar cualquier cosa. Te pide atención.
Hay momentos en los que tienes que volver atrás, detenerte y reconstruir desde dónde estás mirando la historia, pero lejos de sacarme de la novela, esa exigencia consiguió que entrara todavía más dentro de ella, porque terminé leyendo con esa sensación que solo producen algunos libros: la de que si apartas demasiado la mirada, vas a perder algo.
Y después está el vacío. Ese maldito vacío que queda cuando lo terminas.
No porque la historia necesite una gran pirueta final para impresionarte, sino porque después de pasar tantas páginas viviendo dentro de una familia, acompañando sus pérdidas, sus decisiones y sus silencios, cerrar el libro significa abandonar un mundo que, durante un tiempo, había dejado de parecerte completamente ajeno.
Eso es lo que me llevo de Lázár. No la sensación de haber descubierto a un joven escritor que promete. Me parece que eso sería quedarse demasiado corto.
Me llevo la sensación bastante más extraña de haber leído a alguien que, con apenas veintidós años, ha entendido algo que muchos tardan décadas en aprender: que para contar una gran historia no necesitas hablar de grandes personajes, sino saber mirar de cerca cómo una persona puede querer, equivocarse, esconderse, sobrevivir y cargar durante años con aquello que no fue capaz de cambiar.
Y después de cerrar Lázár, sinceramente, me costó empezar otro libro. Porque durante un rato todavía estaba allí. En aquel bosque. Dentro de aquella familia. Y con ese vacío que dejan los libros que, cuando terminan, parecen haberse llevado algo contigo.