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Reseña “Fantasma” de Nerea Pérez de las Heras

El cuerpo puede traicionarte en un segundo y después eres tú quien tiene que aprender a convivir con las consecuencias, aunque nadie te haya preguntado si estabas preparado, aunque no exista una moraleja capaz de ordenar lo ocurrido y aunque el mundo siga esperando que te levantes, sonrías y demuestres que de todo se sale. Nerea Pérez de las Heras escribe Fantasma precisamente desde ese lugar incómodo en el que ya no sirven las frases bonitas sobre la superación, porque después de perder parte de una pierna no aparece una nueva Nerea más fuerte, más sabia y mejorada, aparece Nerea, con su miedo, su rabia, su humor, sus pérdidas, sus afectos y una cantidad enorme de cosas que todavía tiene que aprender a colocar dentro de una vida que, sencillamente, ha cambiado.

Lo extraordinario de este libro es que podría haberse quedado en el accidente de Menorca, en el hospital, en las operaciones, en el dolor y en la amputación, y probablemente habría encontrado lectores igualmente, porque una historia así ya contiene suficiente material para provocar conmoción, pero Pérez de las Heras decide no concedernos esa comodidad y utiliza lo que le ocurrió para abrir una conversación mucho más grande sobre los cuerpos, la discapacidad, la dependencia, la sanidad pública, la burocracia, las ciudades, el feminismo, el amor, la amistad y esa obsesión contemporánea por hacernos creer que todo lo que nos sucede depende exclusivamente de nosotros.

Fantasma no quiere que admires a Nerea por haber sobrevivido, y mucho menos que la conviertas en una de esas historias de superación que tanto gustan porque permiten al lector sentirse bien durante un rato y continuar después con su vida como si nada hubiera pasado. Al contrario, una de las cosas que más me han interesado del libro es precisamente su negativa a construir ese relato cómodo, esa mentira de que todo lo que no te mata te hace más fuerte, porque a veces lo que no te mata simplemente te deja más cansado, más asustado, más vulnerable o, como dice ella con una honestidad bastante poco habitual, incluso más cutre y más mezquino.

El accidente ocurrió en Menorca en el verano de 2023, cuando una hélice de una embarcación impactó contra su pierna derecha mientras se bañaba, y después llegaron las urgencias, las operaciones, el dolor, el hospital, la amputación y todo aquello que desde fuera resumimos en una palabra que parece demasiado pequeña para contener lo que significa: discapacidad. Pero Nerea hace algo mucho más interesante que contar lo sucedido, porque utiliza su propia experiencia como una especie de puerta de entrada para hablar de todo aquello que normalmente preferimos no mirar demasiado de cerca, desde una sanidad pública agotada hasta unas ciudades diseñadas para determinados cuerpos, pasando por la dependencia, la burocracia, las miradas de los demás, la amistad, el amor, el feminismo, la sexualidad, la fragilidad y esa necesidad colectiva de creer que tenemos algún tipo de control sobre nuestros cuerpos cuando, en realidad, basta un instante para que todo aquello que dábamos por sentado desaparezca.

Y ahí aparece el fantasma del título, esa sensación de seguir sintiendo algo que ya no está, pero que en manos de Pérez de las Heras se convierte en algo mucho más grande que una explicación médica, porque también nosotros vivimos rodeados de fantasmas, de versiones anteriores de quienes fuimos, de cosas que hemos perdido, de heridas que seguimos incorporando aunque ya no sangren y de ausencias que, por mucho que intentemos avanzar, continúan formando parte de la persona que somos.

Lo que más agradezco es que no haya una Nerea antigua y una Nerea nueva, porque esa división sería demasiado sencilla para un libro que está precisamente intentando desmontar las simplificaciones, y ella misma insiste en que no cree demasiado en esas versiones de uno mismo que supuestamente aparecen después de una experiencia traumática, como si la vida fuese una actualización de software en la que después de una tragedia instalamos una versión más fuerte, más sabia y más consciente de nosotros mismos. Lo que hay, en realidad, son pérdidas y aprendizajes que se mezclan, fragilidades que se incorporan, heridas que pasan a formar parte del cuerpo y de la memoria, y una vida que continúa sin ofrecer ninguna garantía de que vayamos a salir de ella siendo mejores.

También hay rabia, y mucha, pero una rabia que no termina convirtiéndose en amargura porque está atravesada constantemente por el humor, por el amor y por una capacidad bastante extraordinaria para observar incluso los momentos más incómodos con cierta distancia. Esa mezcla es probablemente una de las mayores virtudes de Fantasma, porque Nerea consigue hablar de cosas durísimas sin convertirlas en una sucesión de escenas diseñadas para provocar lástima, y cuando aparece el humor tampoco lo utiliza como una excusa para quitarle gravedad a lo sucedido, sino como una herramienta más, consciente incluso de que a veces reírse sirve para protegerse y que también llega un momento en el que toca dejar de ser graciosa, mirar lo que está pasando y permitirse simplemente estar mal.

La gente que aparece alrededor de ella convierte Fantasma en algo más que un relato individual, porque también es una historia sobre quienes sostienen cuando uno ya no puede sostenerse solo, sobre esa red afectiva que muchas veces damos por hecha hasta que la necesitamos de verdad, y ahí el libro adquiere una dimensión especialmente bonita cuando habla de su familia, de sus amigas y, sobre todo, de Ana, su mujer, porque en medio de todo el dolor aparece también el descubrimiento de otra persona, de una versión de alguien que quizá estaba ahí desde siempre pero que solo pudo conocer cuando la vida obligó a ambas a enfrentarse a algo que no habían elegido.

Me interesa especialmente esa idea porque conecta directamente con una de las grandes tesis del libro: nadie se salva solo. Nos han vendido durante años que la vida consiste en trabajar en uno mismo, cuidarse, mejorar, optimizar el cuerpo, gestionar las emociones, comer bien, hacer ejercicio, tener disciplina y convertirse finalmente en esa persona perfectamente funcional que parece existir únicamente en los anuncios y en Instagram, pero Fantasma se rebela contra esa fantasía individualista y recuerda algo bastante más elemental, aunque mucho menos rentable: necesitamos a los demás.

Necesitamos hospitales, necesitamos amigas que hagan turnos, necesitamos familiares, necesitamos personas que nos lleven cosas cuando no podemos salir de casa, necesitamos transporte accesible, necesitamos ascensores, necesitamos calles por las que pueda pasar un cuerpo que no se mueve como estaba previsto, necesitamos una Administración que responda cuando dependemos de ella y necesitamos una sociedad que deje de mirar la discapacidad como una tragedia individual para empezar a preguntarse qué parte del problema estamos fabricando nosotros mismos.

Por eso el libro funciona tan bien cuando abandona el accidente y empieza a hablar de la ciudad, de los bordillos, de los tiempos que necesita una persona para desplazarse, de la burocracia o de esa mirada condescendiente que convierte a alguien en una especie de heroína simplemente por hacer cosas absolutamente normales. Hay algo profundamente incómodo en que admiremos a una persona por hacer la compra, trabajar, bañarse en el mar o salir a cenar simplemente porque su cuerpo no encaja en aquello que consideramos normal, cuando quizá la pregunta debería ser por qué hemos construido un mundo en el que determinadas personas necesitan convertirse en excepciones para poder vivir una vida corriente.

En medio de todo esto, Nerea consigue algo que no es nada fácil: hablar de su cuerpo sin convertirlo en una explicación permanente de quién es, porque la prótesis está ahí, la ausencia está ahí, las cicatrices están ahí, pero también están el deseo, la ropa, el humor, el sexo, la belleza, la rabia, las ganas de volver al mar y esa reivindicación casi provocadora de sentirse guapa precisamente cuando otros esperan que se sienta disminuida. Me gusta mucho esa forma de darle la vuelta a la mirada ajena, porque la pregunta deja de ser si los demás encuentran extraño su cuerpo y pasa a ser por qué necesitamos que todos los cuerpos nos resulten familiares para aceptar que son cuerpos perfectamente dignos de ser vistos, deseados y vividos.

Fantasma es, en ese sentido, un libro político, pero no porque se dedique a lanzar consignas desde una tribuna, sino porque entiende que el cuerpo también es político cuando depende de un ascensor que no funciona, de una prótesis que tarda en llegar, de una cita médica que se retrasa, de una ciudad imposible de recorrer o de una estructura pública que decide cuánto puedes esperar antes de que tu vida se vuelva todavía más complicada. Y esa defensa de lo colectivo atraviesa todo el libro sin necesidad de convertirlo en un panfleto, porque detrás de cada reflexión hay una experiencia concreta y detrás de cada experiencia aparece una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros y empezamos a mirar cómo viven los demás?

Al terminarlo me quedé pensando precisamente en eso, en lo rápido que utilizamos palabras como fortaleza, superación o resiliencia para cerrar conversaciones que quizá deberían permanecer abiertas durante mucho más tiempo, porque son palabras cómodas cuando las pronuncia quien observa desde fuera y bastante menos cuando quien tiene que vivir aquello decide contar que no quiere ser una heroína, que no todo ha sido aprendizaje, que hay miedo, rabia, dolor, cansancio y pérdidas, pero también amor, deseo, humor, amistad y una vida que sigue siendo vida aunque haya cambiado la forma de caminarla.

Quizá por eso Fantasma me ha gustado tanto: porque no intenta enseñarnos cómo superar nada, sino que nos obliga a mirar de frente algo mucho más difícil de aceptar, que somos cuerpos vulnerables viviendo en un mundo que puede dejar de funcionar para nosotros en cualquier momento y que, cuando eso ocurre, lo que realmente importa no es cuánto has trabajado en convertirte en tu mejor versión, sino quién está dispuesto a ponerse debajo cuando tú ya no puedes sostenerte solo.

Y eso, aunque suene mucho menos épico que cualquier historia de superación, me parece bastante más verdadero.

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