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Reseña “Verity” de Collen Hoover

Antes de hablar de Verity, merece la pena detenerse un segundo en esta edición, porque es de esas que hacen que el libro entre primero por los ojos.

La tapa dura, los cantos tintados en amarillo y los pequeños detalles amarillos que aparecen durante la lectura le dan una personalidad muy particular y encajan sorprendentemente bien con una historia tan oscura y perturbadora.

Además, esta edición incluye un capítulo adicional, un pequeño añadido que para quienes ya conocen la novela supone una razón más que suficiente para volver a entrar en la historia y enfrentarse de nuevo a todo lo que esconde.

No sé qué clase de pacto hizo Colleen Hoover con el demonio antes de escribir Verity, pero desde luego alguien tuvo que explicarle que una cosa es escribir un thriller y otra muy distinta es dejar al lector mirando al techo a las cuatro de la mañana preguntándose qué coño acaba de leer.

Porque Verity no es un libro que simplemente te entretiene. Es uno de esos libros que empiezas pensando que vas a leer un rato y terminas negociando contigo mismo aquello de «un capítulo más» mientras sabes perfectamente que deberías estar durmiendo. Y cuanto más avanzas, más incómodo resulta cerrar el libro, porque Hoover consigue algo bastante difícil: que quieras descubrir la verdad al mismo tiempo que empiezas a sospechar que quizá sea mejor no descubrirla.

Lowen Ashleigh no está precisamente atravesando su mejor momento. Su madre acaba de morir, tiene problemas económicos, su carrera como escritora no termina de despegar y la ansiedad le ha convertido incluso en algo tan sencillo como exponerse públicamente en una batalla. Entonces aparece una oportunidad que podría cambiarlo todo: convertirse en la escritora fantasma encargada de terminar una exitosa saga después de que su autora, Verity Crawford, haya sufrido un accidente que la ha dejado incapacitada.

Hasta ahí podría parecer el comienzo de una historia bastante convencional. No lo es.

Lowen llega a la casa de los Crawford para investigar el trabajo de Verity y encontrar material que le permita continuar con sus novelas, pero en lugar de limitarse a revisar notas y manuscritos acaba encontrando algo que nunca debería haber leído: la autobiografía de Verity. Y ahí es donde Verity deja de ser simplemente un thriller para convertirse en una especie de trampa psicológica en la que cada página parece colocarte un poco más cerca de algo que preferirías no conocer.

Porque lo verdaderamente perturbador de este libro no es solamente lo que cuenta ese manuscrito. Es no saber si debes creerlo. Y esa duda lo cambia todo.

Verity, Jeremy, Lowen, la propia casa, las relaciones entre ellos… absolutamente todo empieza a funcionar bajo una lógica de sospecha. Hoover juega constantemente con la posibilidad de que alguien esté mintiendo, manipulando o escondiendo algo, pero lo interesante es que nunca tienes la sensación de estar ante un simple «¿quién es el malo?». Aquí la pregunta termina siendo bastante más incómoda: ¿y si ninguno de ellos es exactamente quien creemos?

Me gusta especialmente cómo Hoover consigue que Lowen funcione como nuestros ojos dentro de esa casa. Ella tampoco sabe qué está pasando y nosotros tampoco. Descubre las cosas prácticamente al mismo tiempo que el lector, interpreta las situaciones, sospecha, se equivoca y vuelve a sospechar. Y cuanto más se mete en la vida de Verity, Jeremy y su hijo, más difícil resulta distinguir entre lo que está descubriendo y aquello que está empezando a imaginar.

La casa, además, ayuda muchísimo. Hay algo claustrofóbico en ese ambiente, en estar rodeado de personas que arrastran una cantidad brutal de dolor y secretos, en convivir con una mujer que está allí pero que al mismo tiempo parece estar ausente y en dormir bajo el mismo techo que alguien cuya verdadera historia desconoces por completo.

Y después está Verity.

Probablemente uno de los personajes más incómodos de leer porque nunca terminas de saber cuánto hay de monstruo, cuánto de víctima y cuánto de escritora capaz de convertir incluso su propia vida en una historia. Su autobiografía es, sin duda, uno de los grandes aciertos de la novela porque Hoover consigue que leerla produzca una sensación bastante desagradable: sabes que no deberías seguir, sabes que aquello que estás leyendo es terrible, pero necesitas continuar.

Y continúas. Ahí está buena parte de la fuerza de Verity: en la adicción.

La novela no pierde demasiado tiempo. Los capítulos avanzan, aparecen revelaciones constantemente y Hoover sabe exactamente cuándo dejar caer una información para que necesites inmediatamente la siguiente. No es una lectura especialmente interesada en construir lentamente una atmósfera detectivesca ni en hacerte esperar durante páginas y páginas para conseguir una pista. Aquí la historia quiere llevarte de la mano y arrastrarte por el suelo si hace falta.

Y funciona.

Aunque también tengo que decir que Verity es un libro bastante incómodo y no precisamente por las razones habituales. Hay escenas muy duras, situaciones relacionadas con la maternidad, violencia y abuso infantil que pueden resultar especialmente desagradables, y creo que es importante saberlo antes de entrar. Hoover no intenta suavizar demasiado lo que está contando y, en determinados momentos, la novela cruza una línea bastante oscura.

Pero si hay algo que termina convirtiendo Verity en una experiencia distinta es su final.

No voy a contar absolutamente nada porque sería destrozar buena parte de la gracia del libro, pero sí puedo decir que cuando llegué a las últimas páginas tuve esa sensación tan desagradable de volver atrás mentalmente intentando reconstruir todo lo que había leído. De repente empiezas a mirar determinadas escenas de otra manera, determinadas frases adquieren otro significado y aparece esa pregunta que ningún thriller debería hacerte tan eficazmente:

¿Y si he estado creyendo la versión equivocada de la historia?

Eso es lo que más me gusta de Verity. No tanto que tenga un giro, sino que consigue que el giro siga funcionando cuando ya has terminado. Puedes cerrar el libro y seguir discutiéndolo contigo mismo. Puedes defender una interpretación y cinco minutos después encontrar un detalle que te haga dudar de ella. Puedes pensar que lo tienes clarísimo y descubrir que, en realidad, lo único que tienes claro es que no puedes fiarte de nadie.

Y probablemente tampoco del libro. ¿Es perfecto? No.

Hay decisiones argumentales que pueden resultar discutibles, personajes que en determinados momentos necesitan que aceptemos demasiadas casualidades y un final que, dependiendo del lector, puede parecer brillante, tramposo o directamente ambas cosas a la vez. Pero creo que Verity es precisamente uno de esos libros en los que la conversación posterior forma parte de la experiencia.

Porque cuando una novela consigue que termines preguntándote quién era realmente la víctima, quién era el monstruo y cuánto de lo que acabas de leer puedes considerar verdad, algo ha hecho bien.

Verity es oscuro, incómodo, enfermizo por momentos y tremendamente adictivo. No es la Colleen Hoover de las historias románticas que muchos lectores esperan encontrar, sino una versión mucho más interesada en jugar con nuestra percepción, en empujarnos hacia lugares incómodos y en comprobar cuánto estamos dispuestos a creer antes de empezar a desconfiar de todo.

Y yo, después de terminarlo, solo puedo decir una cosa: no sé si me ha gustado más el libro o la cantidad de tiempo que llevo pensando en él después de haberlo terminado. Porque algunas historias terminan cuando cierras la última página. Verity no.

Esta se queda ahí, dando vueltas en la cabeza, esperando a que vuelvas a preguntarte qué coño pasó realmente.

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