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Reseña “La hija del joyero” de Inma Aguilera

Una joya puede ser preciosa, pero lo verdaderamente interesante empieza cuando te preguntas qué ha tenido que ocurrir para que termine alrededor de un cuello, escondida en un cajón o pasando de unas manos a otras durante generaciones. La hija del joyero, de Inma Aguilera, entiende muy bien esa idea y construye alrededor de ella una novela en la que las piedras preciosas, los talleres, el dinero, el poder y las apariencias terminan siendo mucho más que parte de la ambientación, porque detrás de cada pieza parece esconderse una historia y detrás de cada historia hay alguien dispuesto a hacer lo que sea necesario para que determinados secretos continúen enterrados.

Ágata Guirado crece en la Málaga de 1867 dentro del taller de joyería de su padre, rodeada de metales, piedras preciosas, herramientas y de un oficio que desde muy joven entiende que no quiere contemplar desde fuera, sino dominar. Su sueño es convertirse en una gran joyera, pero existe un pequeño problema que en la España del siglo XIX podía convertirse en una barrera enorme: es mujer. Y en una profesión dominada por hombres, tener talento no significa necesariamente que vayan a reconocerlo, de modo que buena parte del recorrido de Ágata consiste precisamente en demostrar que sus manos, su conocimiento y su capacidad no tienen menos valor por pertenecer a una mujer.

Lo interesante es que Inma Aguilera no convierte esa lucha en un simple discurso sobre el empoderamiento femenino, sino que la introduce dentro de la propia vida de Ágata, en sus decisiones, en las dificultades que encuentra y en la necesidad constante de demostrar algo que a un hombre de su época probablemente ni siquiera le habrían pedido demostrar. Ágata quiere ser joyera, pero en el fondo lo que está reclamando es algo bastante más importante: el derecho a decidir qué quiere hacer con su vida sin que otros hayan escrito previamente el límite de sus posibilidades.

La historia cambia de escenario cuando desaparece un misterioso anillo y Ágata termina viajando hasta Madrid, donde el pequeño universo del taller familiar empieza a conectarse con algo mucho más grande, relacionado con la realeza, los secretos familiares y determinados acontecimientos que alcanzan incluso a la familia de Alfonso XII. A partir de ahí, la novela amplía su escenario y nos lleva de la Málaga artesanal al Madrid de 1878, de los talleres donde se crean las joyas a los ambientes de la corte, de aquello que se trabaja con las manos a aquello que se decide en despachos y salones donde el poder tiene otra forma de vestir.

El misterio funciona como uno de los motores de la novela y está construido de manera bastante inteligente porque la autora no parece tener ninguna prisa por enseñarnos todas sus cartas, sino que va dejando pequeñas piezas para que el lector vaya completando el dibujo mientras continúa avanzando. El anillo desaparecido sirve como punto de partida, pero pronto queda claro que no estamos únicamente ante la búsqueda de una joya, sino ante una historia familiar llena de silencios, intereses y secretos que llevan demasiado tiempo ocultos.

Y aquí aparece uno de los grandes atractivos de la novela: la joyería. Inma Aguilera se ha documentado muchísimo y eso se nota especialmente cuando entra en los talleres, explica el trabajo artesanal, describe las piedras, los materiales, las herramientas o el proceso de creación de una pieza, porque consigue que un mundo que para muchos lectores puede resultar completamente desconocido termine convirtiéndose en uno de los elementos más interesantes de la historia. No se limita a decir que Ágata ama las joyas, consigue que entendamos por qué las ama y qué significa realmente crear una pieza desde cero, con todo el conocimiento, paciencia y precisión que exige un oficio que tiene bastante más de trabajo que de lujo.

Me ha gustado especialmente esa parte porque, al menos en mi caso, la novela consigue que mire la joyería desde otro lugar. Una joya terminada parece algo perfecto, limpio, brillante y casi inmediato, pero detrás existe un proceso artesanal que Aguilera se preocupa por mostrar, y esa transformación de algo frío o decorativo en algo hecho por manos concretas encaja perfectamente con la protagonista, porque Ágata también está intentando construir algo con sus propias manos en una sociedad que insiste constantemente en decirle que ese no es su sitio.

La ambientación histórica acompaña muy bien a la trama y no se siente como un decorado colocado detrás de los personajes para poder etiquetar la novela como histórica. Málaga y Madrid tienen funciones diferentes dentro de la historia y permiten mostrar dos realidades sociales distintas, mientras que la presencia de personajes históricos como Alfonso XII, María Cristina de Habsburgo, Cánovas del Castillo o la condesa de Castiglione amplía todavía más ese escenario y permite que la ficción de Ágata conviva con una época concreta de la historia de España.

También me ha gustado la forma en la que la autora utiliza esa sociedad del siglo XIX para hablar de las apariencias, las clases sociales y, especialmente, del lugar reservado a las mujeres, porque en el caso de Ágata no basta con que sea buena en lo que hace. El talento por sí solo no consigue derribar determinadas puertas cuando quienes tienen las llaves han decidido que una mujer no debería estar al otro lado. Y quizá lo más interesante es que ese conflicto sigue funcionando hoy porque, aunque hayan cambiado muchísimas cosas, resulta difícil no reconocer determinadas estructuras cuando aparecen delante de nosotros.

Por supuesto, estamos ante una novela que también quiere enamorar, y el romance tiene un peso importante durante buena parte de la historia, algo bastante reconocible dentro de la narrativa de Inma Aguilera, pero creo que está integrado de una manera suficientemente natural como para no comerse la parte histórica ni el misterio. Personalmente, en algunos momentos quizá me habría sobrado algo de esa parte romántica, pero tampoco creo que sea un problema para quien disfrute de las historias de época en las que el amor tiene un espacio importante, porque nunca llega a convertirse en el único motivo para continuar leyendo.

Los personajes secundarios también tienen bastante importancia, precisamente porque en una historia construida alrededor de secretos y apariencias nadie parece estar colocado ahí únicamente para acompañar a la protagonista. Cada uno tiene sus intereses, sus contradicciones y sus propias razones para ocultar determinadas cosas, y eso permite que la historia vaya adquiriendo capas mientras Ágata intenta descubrir qué demonios está ocurriendo realmente alrededor de esa joya.

La prosa de Inma Aguilera es otro de los puntos que explican que una novela de estas características resulte tan fácil de leer. No busca complicar el lenguaje ni convertir la novela histórica en un ejercicio de solemnidad, sino que apuesta por una narración clara, visual y muy fluida, con descripciones suficientes para construir los escenarios y los talleres sin detener el ritmo de la historia. Es una novela larga, sí, pero no se siente pesada, y eso tiene bastante mérito cuando tienes que combinar romance, misterio, personajes, contexto histórico y todo el universo de la joyería.

Al final, lo que más permanece es Ágata, una mujer que podría haberse conformado con aceptar aquello que su época había decidido para ella y que, sin embargo, prefiere pelear por convertirse en quien quiere ser. Su lucha por ser joyera no es únicamente una cuestión profesional, porque cada pieza que intenta crear y cada obstáculo que encuentra forman parte de algo más grande: la necesidad de tener una vida propia cuando todo a tu alrededor parece empeñado en recordarte cuál debería ser tu lugar.

La hija del joyero me ha parecido una novela especialmente entretenida porque sabe mezclar varios ingredientes sin que ninguno termine anulando a los demás: tiene historia, misterio, romance, secretos familiares, personajes que esconden más de lo que muestran y, sobre todo, un mundo de joyería que está muy bien trabajado y que termina convirtiéndose casi en otro personaje de la novela.

Inma Aguilera consigue que detrás del brillo haya algo más, que una joya pueda hablar de poder, de recuerdos, de ambición, de amor o de secretos, y quizá esa sea la mejor manera de entender esta novela: no quedarse únicamente con lo que brilla a primera vista, porque lo verdaderamente interesante está precisamente en todo aquello que alguien ha intentado esconder debajo.

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