Lo verdaderamente aterrador de La maldición de Hill House no es que haya algo dentro de la casa, sino la posibilidad de que aquello que creemos que está esperando en el pasillo, detrás de una puerta o al otro lado de una pared lleve mucho tiempo viviendo dentro de nosotros, esperando únicamente encontrar el lugar adecuado para hacerse notar, y Shirley Jackson construye toda la novela alrededor de esa idea con una inteligencia tan incómoda que, cuando llegas al final, ya no sabes muy bien si has leído una historia de fantasmas o el retrato de una mujer que necesitaba desesperadamente encontrar un lugar al que pertenecer y terminó encontrándolo en el peor sitio posible.
Publicada en 1959, La maldición de Hill House se ha convertido con los años en una de esas obras que ya no necesitan demostrar que son clásicas, porque buena parte del terror que vino después le debe algo, directa o indirectamente, a esta novela; la casa encantada, el grupo de desconocidos encerrados en ella, los ruidos nocturnos, las puertas que se mueven, las apariciones y esa sensación de que existe una presencia que observa desde algún lugar forman hoy parte del imaginario colectivo, hasta el punto de que resulta difícil acercarse al libro sin tener la sensación de que conocemos la historia antes de haberla leído. Y, sin embargo, ahí está precisamente la grandeza de Jackson: consigue que una premisa que hoy puede parecer familiar vuelva a resultar inquietante porque entiende que el miedo no depende tanto de lo que sucede como de aquello que somos incapaces de explicar.
La novela parte de una especie de experimento. El doctor John Montague, interesado en investigar los fenómenos asociados a casas encantadas, reúne en Hill House a un pequeño grupo formado por Luke Sanderson, heredero de la propiedad; Theodora, una joven con cierta sensibilidad hacia lo inexplicable; y Eleanor Vance, una mujer que acaba de pasar años cuidando de su madre y que, después de su muerte, se encuentra por primera vez con algo parecido a la libertad. Y quizá sea ese último detalle el más importante de todos, porque Eleanor no llega a Hill House como una persona completamente sana y equilibrada que de repente se encuentra con lo sobrenatural: llega ya herida, sola, insegura, emocionalmente dependiente y con una necesidad casi desesperada de encontrar un lugar en el mundo.
Por eso resulta tan fascinante observar cómo Jackson hace que la casa y Eleanor comiencen a confundirse poco a poco.
Hill House está construida de una manera deliberadamente incómoda, con ángulos que parecen no terminar de encajar, habitaciones que producen una sensación constante de desorientación y una arquitectura que parece desafiar la lógica incluso cuando todo permanece físicamente en su sitio. Jackson consigue que la casa parezca viva sin necesidad de convertirla en un monstruo convencional; no tiene que hacer que las paredes respiren ni que las ventanas tengan ojos, porque basta con describirla como si tuviera voluntad, como si observara, como si estuviera esperando. La casa no parece simplemente estar mal construida: parece estar mal de alguna manera.
Y esa diferencia es fundamental. Porque Eleanor también está mal, aunque todavía no lo sepa.
Una de las cosas que más me gustan de la novela es precisamente que Jackson nunca termina de decidir por nosotros qué está ocurriendo. ¿La casa está realmente encantada? ¿Existe una presencia sobrenatural que ha elegido a Eleanor? ¿La propia Eleanor está proyectando sobre Hill House todo aquello que lleva años reprimiendo? ¿O ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo? Jackson comprende que explicar demasiado sería arruinar el juego, así que nos entrega pequeñas piezas, suficientes para construir una teoría pero nunca suficientes para sentirnos seguros de ella.
Y cuanto más intentamos comprender lo que sucede, menos podemos confiar en nuestra propia percepción. Eso convierte la lectura en algo particularmente incómodo, porque no solo observamos cómo Eleanor empieza a perder el equilibrio: nosotros también empezamos a perderlo con ella.
Jackson es extraordinariamente hábil utilizando pequeños desplazamientos para conseguirlo. Una conversación que parece completamente normal puede adquirir de repente un significado extraño; una puerta cerrada puede convertirse en una amenaza; un ruido que podría tener una explicación racional empieza a parecer imposible de ignorar; una frase aparentemente inocente se queda flotando en la cabeza del lector mucho después de haberla leído. Incluso la forma en que introduce a los personajes contribuye a esa sensación de inestabilidad, porque durante buena parte del comienzo importa mucho más lo que Eleanor percibe de ellos que su aspecto físico real.
Y eso hace que el libro tenga algo profundamente psicológico. Especialmente en Eleanor.
Eleanor es, probablemente, uno de los personajes más inquietantes de la novela precisamente porque nunca podemos separar completamente su vulnerabilidad de su imaginación. Ha vivido demasiado tiempo encerrada en una existencia que no le pertenecía, cuidando de su madre, sometida a una rutina que la ha dejado prácticamente sin identidad propia, y cuando recibe la oportunidad de marcharse a Hill House se aferra a ella con una ilusión casi infantil. Durante el viaje imagina cómo será su nueva vida, inventa pequeñas historias sobre sí misma, fantasea con tener un apartamento, con conocer gente, con ser alguien diferente.
Por primera vez, Eleanor está construyendo una vida. Y entonces aparece Hill House. Lo terrible es que la casa parece ofrecerle exactamente lo que estaba buscando.
No es casualidad que Eleanor se sienta atraída por ella. Tampoco que empiece a interpretar determinados acontecimientos como algo dirigido específicamente hacia ella. Mientras los demás se preocupan por descubrir qué está ocurriendo en la casa, Eleanor comienza a experimentar algo mucho más peligroso: la sensación de que la casa la reconoce.
Y para alguien que ha pasado toda su vida sintiéndose invisible, ser reconocida puede resultar terriblemente seductor, incluso cuando quien te reconoce sea un lugar que quizá quiere destruirte.
Ahí aparece uno de los grandes temas de la novela: la soledad.
No una soledad romántica ni esa soledad literaria que queda bonita cuando se escribe sobre ella, sino una soledad mucho más desagradable, la de alguien que no sabe quién es cuando no está cumpliendo una función para otra persona. Eleanor ha sido hija, cuidadora, hermana, pero apenas ha tenido la oportunidad de ser Eleanor. Por eso su relación con Theodora resulta tan importante, porque encuentra en ella algo parecido a una amistad, una intimidad y una posibilidad de pertenencia que nunca había experimentado.
Y precisamente por eso también resulta tan doloroso ver cómo esa relación se deteriora.
Jackson entiende muy bien que el miedo no necesita aparecer siempre en forma de monstruo; a veces basta con introducir celos, inseguridad, deseo, vergüenza o la sensación de estar siendo observado por las personas que quieres. Eleanor empieza a sentirse desplazada, sospecha de los demás, interpreta sus gestos, se obsesiona con determinadas palabras y cada vez tiene más dificultades para distinguir entre lo que piensa, lo que dice y lo que realmente sucede.
La casa no tiene que volverla loca. Quizá solo tiene que darle permiso para serlo.
También me parece especialmente interesante Theodora, porque Jackson deja en torno a ella una serie de ambigüedades que enriquecen muchísimo la relación con Eleanor. Su vida fuera de Hill House está deliberadamente poco explicada, y la cercanía entre ambas tiene una intensidad que nunca necesita ser declarada de manera explícita. En una novela publicada en 1959, esa ambigüedad no es un detalle menor: Jackson sabe perfectamente cuánto puede decir y cuánto puede dejar suspendido en el aire, y esa indefinición encaja además con el funcionamiento general del libro, donde prácticamente nada termina de quedar completamente explicado.
Pero si hay algo que convierte La maldición de Hill House en una novela excepcional es la manera en que Shirley Jackson controla la atmósfera.
No necesita recurrir constantemente al sobresalto. De hecho, muchas de las escenas más perturbadoras funcionan precisamente porque no sabemos si deberíamos tener miedo. Un ruido detrás de una puerta puede ser una tubería, una corriente de aire o algo que no debería estar allí; una sombra puede ser una sombra; una conversación puede ser simplemente una conversación. El terror nace de esa espera, de ese espacio que Jackson deja entre lo que sucede y lo que creemos que significa.
Y ahí es donde la novela sigue funcionando tan bien más de medio siglo después. Porque el lector completa aquello que Jackson decide no mostrar. La imaginación hace el resto.
Incluso los momentos de humor tienen una función importante. Mrs. Dudley, con sus horarios rígidos y su negativa absoluta a permanecer en la casa cuando cae la noche, podría parecer inicialmente un personaje secundario destinado simplemente a resultar extraño, pero su presencia introduce una especie de normalidad absurda en medio de una situación cada vez más perturbadora. Jackson sabe que las personas no reaccionan al miedo de una única manera: también se ríen, se ponen nerviosas, hacen bromas, se aferran a rutinas absurdas. Y ese contraste hace que el terror resulte más humano.
Porque La maldición de Hill House es, sobre todo, una novela profundamente humana.
Lo sobrenatural importa, claro que importa, pero nunca termina de ser lo más interesante. Lo verdaderamente fascinante está en observar qué ocurre cuando colocas a varias personas dentro de un espacio que parece diseñado para amplificar sus inseguridades, sus deseos y sus miedos, y especialmente qué ocurre cuando una de ellas llega ya tan necesitada de pertenecer a algún sitio que está dispuesta a interpretar cualquier señal como una invitación.
Jackson convierte la casa en una extensión de la mente. Una mente llena de habitaciones cerradas.
Y cuanto más avanza la novela, más difícil resulta saber quién está entrando en quién: si Eleanor está siendo absorbida por Hill House o si Eleanor está llenando Hill House con todo aquello que llevaba años guardando dentro.
El final, además, es de esos que mejoran cuanto menos intentas cerrarlos. No porque falte información, sino porque Jackson entiende que explicar el misterio sería mucho menos interesante que dejarlo respirando en la cabeza del lector. La última impresión no es simplemente la de haber terminado una historia de terror, sino la de haber estado dentro de algo que continúa existiendo cuando el libro se cierra.
Y quizá esa sea la mejor definición de un clásico de terror: no el libro que consigue asustarte mientras lo estás leyendo, sino aquel que consigue modificar ligeramente la manera en que miras una casa cuando apagas la luz.
La maldición de Hill House no necesita demostrar que existen fantasmas. Le basta con recordarnos algo bastante peor: que nuestra cabeza puede construirlos sin ayuda de nadie.
Y que, algunas veces, cuando por fin encontramos un lugar al que sentimos que pertenecemos, quizá deberíamos preguntarnos qué precio está dispuesto a cobrarnos por dejarnos entrar.